Hace un par de días, dentro de mi flojera permanente que hace un tiempo me aqueja, y gracias a darme cuenta de que en cierto tiempo de ambientes hay cierto tipo de personas que pasan al lado tuyo sin siquiera dignarse a levantar la vista de cierto lugar que no son precisamente tus ojos, me puse a pensar en que tal vez la vida es mucho más fácil de lo que uno piensa. Tal vez un buen escote y el don de la palabra serían lo necesario para convencer a cualquier patético pobre imbécil que deambule por esas salas de que soy el amor de su vida. Claro, probablemente sería un baboso, tendría al menos un par de grados de ineptitud social, no leería un libro en su vida, no sabría de arte ni vería películas de culto, no tendría ni tema ni conversación, sería horriblemente aburrido y monótono en la cama y siempre, siempre terminaría antes que yo. Pero claro, tendría el título de Ingeniero Civil Industrial en algo de la Chile para darnos el pan de cada día; además de la casa en Chicureo (con piscina y un patio enorme para los dos labradores), la Chrysler del año, gigante, para ir a dejar a los niñitos al Verbo Divino y a las niñitas al Villa María, y las vacaciones todos los años en Punta de Este (además de la semanita de vacaciones de invierno en Europa, para vestir a las niñitas).
Y lo mejor es que, mientras más y más lo pienso, más me doy cuenta de que prefiero, mil, dos mil, trescientas mil veces, despertarme todos los días a tu lado; con un futuro incierto, pero contigo.
Y lo mejor es que, mientras más y más lo pienso, más me doy cuenta de que prefiero, mil, dos mil, trescientas mil veces, despertarme todos los días a tu lado; con un futuro incierto, pero contigo.


















