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martes, enero 27, 2009

Pezadilla

O: un cuento que es nada / con esto me doy cuenta que me gusta más escribir sobre pájaros que sobre peces.

Viendo los colores del camino, me pregunto si serán igual de puros los otros mundos, si serán tan grandes, amplios e infinitos como el que yo he creado para mí, paraíso fractálico en que hasta la noche más nublada se ve como tripartita, por los cientos de estrellas fugaces que recorren su infinito cielo. Paraíso submarino en donde los pulmones han sido reemplazados por hermosas branquias, gelatinosas, cristalinas, insípidas, gracias a las cuales puedo sumergirme y ver el pez dorado, el pez globo y el pez pez, ese pez que no es más que su cuerpo aleteando entremedio de plantas subacuáticas gigantescas y maquiavélicas, hay que tener cuidado porque si pasas demasiado cerca te pueden atrapar un pie y ¡desgracia! me han atrapado, siento esa rama de textura indscriptiblemente pegajosa que me jala más y más hacia el fondo, en un arranque de desesperación abro los ojos y me doy cuenta de la verdad, no estoy bajo el agua ni menos tengo branquias, no soy criatura marina, sino humana, tendida, despreocupada, bajo, un cielo, tripartito, cruzado, por cientos, y miles, de estrellas, que me, observan, sonrientes, de, verme, despertar.

martes, enero 13, 2009

Gorriones 1

Iba yo caminando en una lloviznosa mañana de invierno, por cierta calle de adoquines resbaladizos y ya algo desgastados, dirigiéndome hacia quién sabe dónde y pensando en quién sabe qué. Las hojas, doradas y ahora húmedas que el otoño atrae sin clemencia hacia el suelo formaban simpáticas formas en el asfalto y yo, apelando a ese espíritu pueril presente en todos y cada uno de nosotros mortales (o casi todos), me dispuse a llevar a cabo esa ruidosa actividad de pisar, sin salirme -eso sí- de mi camino, dichas hojas, en busca de ese pérfido crujido que nos provoca ese pequeño cosquilleo de misteriosa alegría cada vez que lo oímos y lo sentimos bajo la suela de nuestros zapatos --si no hay zapatos, cuánto mejor. Pero al darme cuenta de que las hojas, probablemente afectadas por los 2 milímetros de agua caída durante la noche decidieron no desenvolverse en su placentera labor, desistí y seguí mi camino, cuál seria persona adulta.

Mientras pasaba por un trecho especialmente boscoso, noté que de abajo de un cerro de hojas aparecía un pequeño gorrión. Sonreí ante su simpática presencia y, sobretodo, me impresioné al verlo cantar: infinitas veces los había oído, pero nunca había observado ese momento en que el gorrión abre su pequeño pico y emite ese sonido, impertérrito, todo un misterio para mis cuerdas vocales. Proseguí mi camino y el pajarillo me acompañó con sus cortos pasos por un par de centímetros. Un poco más adelante, en otro trecho con muchas hojas ví nuevamente aparecer, desde abajo de una vívidamente verde enredadera, un par de los simpáticos pájaros con sus plumas color cobrizo. Esta aparición me llamó más la atención, pues recordé que el día anterior también había visto más gorriones de lo normal; además, éstos últimos habían aparecido misteriosamente, casi de la nada. Probablemente tenían un nido en la enredadera, o se protegían de la lluvia debajo de ésta... nuevamente, proseguí. Pero no pude dejar de notar que los gorriones seguían apareciendo, lo que más me impresionaba era que no llegaban desde el cielo, sino del suelo. ¿No debían estos pájaros aterrizar desde el aire, o de alguna rama más alta? Estos parecían sólo surgir de entre las hojas.

En un capricho detectivesco, comencé a caminar lo más lento y ligero que mis botas me permitían, sin levantar la visra de las raíces de plantas y árboles, lugar de donde parecían provenir mis pequeños compañeros de viaje. En un instante pestañé y, al abrir los ojos tras ese microscópico segundo, donde antes juraría haber visto una hoja aplastada por el agua, ahora caminaba un pequeño pero gallardo gorrión. Entonces, un segundo le tomó a mi mente descubrir la verdad del misterioso hecho.

Maravillada ante tal proeza de la ciencia, tal consecuencia de una otoñal hidratación, seguí caminando con extrema cautela, cuidando de no pisar hoja alguna.


5 de septiembre de 2008
Ideado caminando por Pdo. de Valdivia,
redactado en una aburrida clase de cálculo.

domingo, junio 08, 2008

Concentricismo

Es un hecho demostrado empíricamente, que la luz viaja por todo el Universo en forma de onda y actúa como partícula al interactuar con los objetos. Nadie se preocupa de demostrarme a mí empíricamente, pero mientras camino por el sendero, en total oscuridad, me siento volver incorpórea: soy onda. No escucho más que mis pasos, ahogados y acompasados, y no veo más que la línea blanca que divide el camino en dos carriles, uno para los que suben, como la luz, y otro para los que bajan, como yo. Me parece que ha llovido, siento el frío de la humedad en mi cara, la única parte de mi cuerpo que llevo al descubierto; lo siento también en mi olfato, ese aroma que me ahoga a ratos, pero no tanto como para ser incómodo. Siento, interactúo: soy partícula.

Una vez, intentaron convencerme de que el mundo es redondo, vaya charlatanería: el mundo es plano, caballeros. De otro modo, ¿cómo se explicaría que mi ondular infinito nunca me haya devuelto a mi centro? La dualidad onda-partícula es una propiedad de la que solo unos pocos pueden jactarse; entre ellos, la luz y yo.


Creo que me estoy volviendo patológicamente concéntrica.